Aparentemente todo resulta ser cíclico. Como bien se recoge en Libro de Eclesiastés, “lo que fue, será otra vez; no hay nada nuevo debajo del sol”. En medio de las recientes lluvias que han azotado el Gran Santo Domingo, en la República Dominicana, y del dolor aún fresco por la tragedia del Jet Set, la sociedad dominicana vuelve a enfrentarse a ese patrón inevitable de pérdidas, luto y reflexión. La naturaleza y la fragilidad humana parecen recordarnos, sin previo aviso, que la estabilidad es muchas veces una ilusión.
En las últimas 24 horas, la ciudad capital ha sido golpeada por una vaguada que dejó inundaciones, caos y pérdidas materiales incalculables. Calles convertidas en ríos, familias desplazadas y una sensación colectiva de impotencia han marcado la jornada. Pero más allá de los daños visibles, lo que queda es una atmósfera emocional cargada, similar a la que se vivió tras el colapso estructural en el Jet Set, donde vidas jóvenes y prometedoras se apagaron de forma repentina, dejando cicatrices profundas en cientos de familias.
Ambos eventos, aunque distintos en su origen, convergen en una misma realidad: la vida puede cambiar en un instante. Sin previo aviso, sin importar el lugar ni las circunstancias. Esa sensación de vulnerabilidad nos confronta con una verdad incómoda pero necesaria: no tenemos control absoluto sobre el mañana. Y en medio de ese reconocimiento, emerge una oportunidad poderosa de reconectar con lo esencial, con lo humano, con lo verdaderamente importante.
Como reflexiona Bad Bunny en una de sus canciones, debemos darnos más abrazos, más besos y capturar más momentos mientras aún podemos. No desde el miedo a perder, sino desde la conciencia de que la vida es efímera. Hoy, más que nunca, es momento de valorar a nuestros seres queridos, de expresar afecto sin reservas y de vivir con intención. Porque si algo nos enseñan estas tragedias, es que el tiempo no avisa… y el amor no debe esperar.




