El respeto a la autoridad: una condición indispensable para la convivencia
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El respeto a la autoridad: una condición indispensable para la convivencia

Por Tony Reyes

En los últimos años se ha vuelto cada vez más común observar escenas de tensión, confrontación e incluso violencia entre ciudadanos y las personas encargadas de brindar servicios o ejercer algún tipo de autoridad. Policías, agentes de seguridad, servidores públicos, personal médico, empleados de empresas privadas y funcionarios administrativos cumplen diariamente una función esencial: organizar la vida colectiva y ofrecer servicios que permiten que la sociedad funcione.

Sin embargo, con demasiada frecuencia olvidamos que detrás de cada uniforme, de cada ventanilla de atención o de cada puesto de trabajo hay un ser humano que merece respeto.

Respetar a la autoridad designada no significa aceptar abusos ni someterse a la humillación. Significa comprender que toda sociedad necesita orden, reglas y personas encargadas de hacerlas cumplir. Cuando un agente de seguridad regula el tránsito, cuando un servidor público organiza un turno en un hospital o cuando un empleado establece un procedimiento para atender a los usuarios, lo hace dentro de un marco institucional que busca servir a todos de la forma más justa posible.

Hace pocos días presencié una escena profundamente lamentable en un centro de salud. Un hombre y una mujer, molestos porque un servidor del centro no les daba prioridad en la atención, comenzaron a discutir con él. Lo que inició como una reclamación verbal escaló rápidamente: lo insultaron, lo empujaron y generaron un ambiente de tensión en un lugar donde precisamente se necesita calma y respeto.

El servidor, sorprendido por la agresión, reaccionó defendiendo el empujón recibido. Aquello bastó para que la situación se desbordara en una discusión mayor. Ambos lados fueron a reportar lo ocurrido, pero cuando volvieron a encontrarse frente a frente, el conflicto terminó en agresiones físicas en pleno centro médico.

El desenlace fue el peor posible: la intervención de la policía y la fiscalía, con los involucrados detenidos.

Mientras todo esto ocurría, las personas que habían provocado el incidente tenían un familiar enfermo en el centro de salud. En lugar de poder acompañarlo y concentrarse en su bienestar, terminaron envueltos en un proceso judicial que los obligó a dejarlo solo, vulnerable y desatendido. Una situación dolorosa que pudo evitarse con algo tan sencillo como la prudencia y el respeto.

Por otro lado, el joven servidor público quedó expuesto a consecuencias laborales que pueden incluir sanciones o incluso la pérdida de su trabajo, quizás por no haber reaccionado de la manera ideal ante una agresión inesperada. Es posible que las autoridades del centro hubieran preferido que soportara el empujón sin responder, para evitar que el incidente escalara y afectara la imagen de la institución.

Pero la verdad es que ninguna persona debería ser obligada a aceptar la violencia como parte de su trabajo.

Este tipo de situaciones reflejan un problema más profundo: la dificultad que a veces tenemos como sociedad para manejar los conflictos con serenidad y respeto.

Cuando un ciudadano no está de acuerdo con una decisión o con el trato recibido por parte de una autoridad o de un servidor, existen canales institucionales para reclamar. Siempre se puede acudir a un supervisor, a una dirección administrativa o a los mecanismos formales de queja y denuncia. Reclamar es un derecho; agredir nunca lo es.

La diferencia entre una sociedad civilizada y una sociedad dominada por el caos radica precisamente en la manera en que gestionamos nuestras diferencias.

El respeto a la autoridad no debe confundirse con sumisión. Un ciudadano digno puede y debe defender sus derechos cuando considera que han sido vulnerados. Pero esa defensa debe hacerse con firmeza, sí, pero también con respeto, con argumentos y dentro de los canales establecidos.

Si cada desacuerdo termina en gritos, empujones o violencia, no solo se destruye la convivencia social, sino que las personas terminan generándose problemas mucho mayores que los que inicialmente enfrentaban.

La tolerancia, la paciencia y la capacidad de diálogo son virtudes fundamentales para construir una mejor sociedad.

Los dominicanos y dominicanas tenemos la oportunidad de reflexionar sobre esto cada vez que interactuamos con un policía, un médico, un empleado público, un agente de seguridad o cualquier persona que ejerza una función de servicio o autoridad. Tratar con respeto a quienes cumplen estas funciones no nos hace más pequeños; al contrario, nos engrandece como ciudadanos.

Si logramos cultivar una cultura donde el respeto, la prudencia y el diálogo prevalezcan sobre la violencia y la confrontación, estaremos dando un paso importante hacia un país más justo, más ordenado y más humano.

Porque al final, el respeto no es una señal de debilidad: es la base misma de la convivencia.

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